sábado, julio 24, 2021
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Digitalización,vacuna y olvido

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por Jorge Alonso,
CIO de Velorcios Group

Las personas, por lo general, tendemos a olvidar todo lo malo que nos ocurre a lo largo de la vida. Probablemente sea un mecanismo de defensa que el ser humano ha desarrollado en el devenir de su existencia para poder subsistir, mirar hacia adelante y no anclarse en los
dramas del pasado.
En estos últimos meses son muchas las cosas que desearíamos olvidar. Si alguien nos hubiera contado el 31 de diciembre de 2019 que el nuevo año quedaría marcado para siempre con tinta indeleble en nuestras vidas, seguro que no le hubiésemos dado ningún crédito.


En esta crisis, sanitaria y económica, todos hemos sentimos el dolor, la desesperanza, la frustración… y el miedo de imaginar que las cosas nunca volverían a ser como antes. Ahora que empezamos a ver la luz al final del túnel, ahora que comenzamos a ver el resultado de tanto esfuerzo colectivo, conviene echar la vista atrás y, antes de que activemos el automatismo de defensa que supone el olvido, intentemos salvar las enseñanzas que nos
dejó la COVID-19 porque, algunas de ellas, merece la pena conservar.
Sin lugar a dudas, una de las primeras lecciones que sufrimos fue la constatación de la enorme fragilidad de nuestro modelo económico. El turismo, el motor de nuestra economía, se detuvo de repente y con él, en cadena, todos los sectores sufrieron las consecuencias. El
cero turístico nos dejó imágenes de esas que sí querríamos olvidar para siempre: hoteles
cerrados, playas desiertas, aviones en tierra y unas cifras de paro que todavía siembran el
pánico.
En estos escenarios dantescos es donde realmente aguzamos el ingenio en busca de salidas y soluciones que, en condiciones normales, no aparecerían o, simplemente,
pasarían desapercibidas. El instinto de supervivencia y la necesidad de darle continuidad a la vida, lanzó a la sociedad a un proceso acelerado de digitalización que, si bien ya había comenzado años atrás, impulsado por la pandemia cogió una velocidad de vértigo.
De la noche a la mañana hubo que improvisar la mejor manera de teletrabajar y de estudiar en casa; las empresas tuvieron que migrar sus sistemas a la nube para adaptar sus estructuras a las nuevas exigencias; se tomaron medidas de urgencia en materia de ciberseguridad para paliar la otra curva, la de los ciberataques, que crecía tanto o más que la que nos mostraba diariamente el impacto del virus… En un año, se avanzó en tecnología
todo lo que estaba planificado para hacer en tres.

Fueron muchísimas las noticias que contaban cómo las personas y las empresas estaban haciendo un esfuerzo descomunal para digitalizarse a toda prisa. La COVID-19 acabó siendo el gran catalizador para esta transformación tan necesaria en muchas compañías. La frase que se repetía de manera recurrente cada vez que se hacía referencia a la digitalización fue aquella de: “esto ha venido para quedarse”.
Desde el inicio de la crisis, la totalidad de los actores económicos coincidieron en la necesidad de diversificar la economía e identificaron en la digitalización el camino para el cambio de modelo. Este discurso, impulsado desde Europa y suscrito por todos los gobiernos nacionales, autonómicos y locales, caló con fuerza en una sociedad ansiosa de escuchar soluciones de futuro con la promesa de no volver a vivir nada similar.
Pero en esto, la vacuna fue llegando poco a poco. Primero a los más mayores y luego al resto de las franjas de edad que esperaban su turno pacientemente con la esperanza de
que un pequeño pinchazo les devolviera a la normalidad que tanto echaban de menos.
Aún tenemos unos cuantos meses por delante para que el proceso de vacunación se dé por finalizado, pero para muchos el efecto olvido ya ha comenzado a activarse y no dudo de que eso sea una buena señal porque: ¿quién no quiere pasar página de una vez?
La vuelta a la normalidad nos traerá una falsa sensación de seguridad y dejará en un segundo plano aquello que aprendimos dolorosamente sobre la fragilidad de nuestro
modelo económico. Regresarán los turistas, las playas se llenarán, los hoteles abrirán sus
puertas y el motor de nuestra economía volverá a sonar con fuerza. Y entonces quizás nos preguntaremos: ¿dónde quedó la digitalización? ¿Y aquello que nos dijimos sobre
diversificar el modelo económico?
Conviene no olvidar que seguimos estando igual de expuestos, o más, que antes de que se desatara la pandemia: una variante desconocida del virus, alguna desavenencia con algún país vecino, un repunte de la crisis migratoria… cualquier incidente descontrolado bastaría
para volver a estar otra vez contra las cuerdas.
Por eso no podemos perder el camino que hemos comenzado hacia la digitalización, aunque sea a trompicones, y mantener el paso ligero al que nos obligó la COVID-19. Una economía con marcado acento digital, entre otros aspectos positivos: abrirá nuevas oportunidades para nuestra tierra que hoy nos parecen impensables; será un camino de futuro para nuestros jóvenes y tratará de manera mucho maś respetuosa y sostenible al
territorio…
Ahora es el momento de ser valientes, de seguir apostando por la digitalización y, aunque activemos el efecto olvido para dejar atrás este mal sueño, pongamos en marcha todo lo aprendido y hagamos de esta crisis, la excusa perfecta para pivotar y diversificar el modelo económico de unas Islas que tienen mucho más que ofrecer que sol y playa.

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