lunes, enero 30, 2023
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El peligro del ego

La vanidad siempre ha sido un defecto extremadamente peligroso, especialmente cuando viene acompañada de un ego desmedido y unas ansias de notoriedad que, no pocas veces, distorsionan la propia realidad de quienes poseen tales atribuciones. Si, además, el propio entorno fomenta esta “fantasía”, estos perfiles viven una película paralela a lo que ciertamente acontece. Estas semanas se ha generado el contexto ideal para reflexionar acerca de este tema con el que decido abrir esta edición, pues son muchos planos y sectores de la vida en la que sucede este hecho, sin embargo, en algunos escenarios resulta incluso contraproducente para la sociedad.

Sin ir más lejos, y de acuerdo a la actualidad más inmediata, encontramos a Putin. Este peligroso personaje ha construido una realidad paralela en la que, por razones que solo él conoce, se sienten el derecho y lo suficientemente superior como para invadir un país vecino.

¿Con qué derecho decide crear una guerra? ¿Con qué derecho viola el derecho internacional y entra por la fuerza en un país soberano? Muchas han sido las respuestas a estas preguntas pero, ¿alguna respuesta realmente aporta un argumento lícito? Además, el presidente ruso ha generado una propia burbuja a su alrededor que apoya esa terrible teoría de supremacía, su entorno es igual de culpable que él.

 ¿Producto del miedo de sus políticos y oligarcas a estar en desacuerdo y a las posibles represalias? Posiblemente, pronto lo sabremos. Sin embargo, no solo Putin es ejemplo de esto que comentamos. Constantemente se ofrecen muestras de ego y superioridad en otros sectores. Funcionarios que, haciendo “uso de su poder”, frenan facturas públicas por cuestiones personales y enemistades o, en caso contrario, empresarios que increpan a trabajadores públicos recordando su posición social “superior” (nótese la ironía). Cabe recordar los políticos que, al alcanzar su cargo, disfrazan su realidad y actúan como deidades, borrando todo atisbo de humildad y convirtiéndose en celebridades idolatradas constantemente por el equipo que los rodea.

Políticos que, hasta hace poco, eran simples vecinos del barrio y a los que les convendría recordar que es el propio pueblo el que lo ha colocado en esa posición y es el propio pueblo, a golpe de voto, quien lo puede quitar en 4 años. Si seguimos navegando por la sociedad, encontramos a aquellos que se denominan influencers. Cierto es que el mundo y los sectores económicos evolucionan, así como evoluciona la manera de comunicarnos, evolucionan los canales de venta y hasta la publicidad y el marketing, y esta nueva forma de vender genera una economía que favorece a todos pero, ¿no se nos habrá ido un poco de las manos? Tener miles de seguidores, los likes, el deseo (o creencia) de ser reconocidos por la calle o las ansias de notoriedad generan situaciones, cuanto menos, surrealistas en las que tener talento o no ha dejado de importar.

¿Creadores digitales? Por supuesto que sí, una actividad y un sector con un gran recorrido pero potencialmente dañina si no se fomenta la profesionalidad y se combina con un entorno que nos recuerde quiénes somos y de dónde venimos. Probablemente, no es el estilo de editorial al que Tribuna de Canarias acostumbra, pero no menos cierto es que, en última instancia, las empresas (y la economía) dependen de personas, así como las administraciones. Tal vez, y digo solo tal vez, deberíamos hacer una pausa y trabajar en estos aspectos, en la formación personal y emocional de cada uno de nosotros, seamos quien seamos y más de los objetivos que tengamos para poner el foco en el objetivo al que queremos llegar como empresa, como sociedad o simplemente como persona.

La humildad es una virtud que aparece, cada vez, en menos ocasiones, incluso parece que volviéramos a medirnos por clases sociales. No es el camino. Como me decían hace unos días, el talento y la energía mal canalizados son ciertamente peligrosos; a lo que yo añadiría que un entorno o círculo inadecuado, igualmente puede ser capaz de desdibujar la senda por la que debemos transitar.

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