lunes, junio 14, 2021
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La realejera científica del siglo XVIII

El 19 de diciembre de 1758 nacía en Los Realejos María del Carmen Betancourt y Molina, una niña que nacía en el seno de una familia aristocrática. En una época en la que se esperaba de la mujer un matrimonio conveniente y una descendencia numerosa, María se convertiría en una joven dotada de una genuina personalidad y una innata curiosidad científica. Una mujer que hace más de doscientos años tuvo un papel destacado en el ambiente intelectual y cultural español y que se enfrentó a desafíos que no eran propios de su género en su tiempo.

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María del Carmen Betancourt nace en la casa familiar que hoy conocemos como Casona de los Castro en Rambla de Castro, es la tercera hija del matrimonio formado por Agustín de Betancourt y Castro y Leonor de Molina y Briones. Sus padres, él militar y titular del Mayorazgo de Castro, ella hija del Marqués de Villafuer­te, convertirían la casa familiar y su misma familia en el paradigma de la sociedad ilustrada en la que vivían. No es de extrañar que en dicha casa y con la visita constante de la élite canaria y europea, los hijos del matrimonio, ya desde pequeños, desarrollaran juegos y experimentos que más tarde deter­minarían sus vidas y sus campos de trabajo. En el caso de María en la industria textil sedera y en el caso de su hermano Agustín que llega­ría incluso a convertirse en el padre de la ingeniería civil española.

La importancia de la industria sedera en Canarias es innegable, desde el siglo XVI y hasta el XIX, sobre todo en Tenerife, Gran Ca­naria y La Palma. Dicha industria nacía para abastecer al comercio local, un mercado concentrado entre las clases altas y la aristocra­cia canaria, aunque también abas­tecía a América y en menor medida a Europa.

María del Carmen Betancourt dedica su vida a esta empresa, es a ella a quien debemos la prime­ra cinta de terciopelo tejida en las islas. Pero la inquietud de María por la ciencia la llevaría no solo a adentrarse en un sector dominado por hombres y un mundo en el que la educación y la ciencia estaban vetados para la mujer; sino que también, formaría parte relevante de ese mundo dedicándose a me­jorar la receta de los tintes usados en dicho material, pues para crear telas de calidad necesitaría tintes de calidad. Ella junto con sus her­manos mayores José y Agustín, crearían la máquina epicilíndri­ca que serviría para entorchar la seda. Dedicó su vida, por lo tanto, a mejorar y modernizar la industria sedera.

María no cesó en su empeño de mejorar y optimizar la elabo­ración textil y en 1778 entraría a formar parte de la Real Sociedad Española de Amigos del País. En dicha institución presentaría sus trabajos y es aquí donde este y su aportación en el campo de la ciencia serían valorados, llegan­do incluso a ser reconocida por la Real Sociedad Matritense de Amigos del País como socia de honor distinguiendo así el mérito de su trabajo. Su memoria titulada Método Económico para tintes de Carmesí Fino constituye la pri­mera memoria científica firmada por una mujer en Canarias.

La importancia de la industria sedera en Canarias es innegable desde el siglo XVI y hasta el XIX. Nació para abastecer al comercio local, un mercado concentrado entre las clases altas y la aristocracia canaria, aunque también abastecía a América y en menor medida a Europa

A día de hoy, la principal fuente de información que nos permite conocer un poco más de su vida es la nutrida correspon­dencia que mantenía con sus her­manos. A pesar de ello, sabemos que dedicó parte de su tiempo a instruir a otras mujeres. Su figura y labor quedaron perdidos en el tiempo, aunque recientemente el Gobierno de Canarias ha creado una beca de investigación con su nombre que pretende incentivar la investigación científica; sigue siendo un personaje desconocido para el gran público.

Sirvan estas palabras para poner en valor el legado de una mujer pionera en el ámbito de las ciencias, no solo en Canarias sino para todo el mundo hispano­hablante. Una mujer dispuesta a desafiar a las expectativas propias de la época y a ocupar un lugar en un mundo de hombres.

Por Bárbara Méndez

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