miércoles, noviembre 30, 2022
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Amnesia Estival

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No eres tú, soy yo

¡Qué mal me siento! Nada de lo que he hecho hasta ahora ha estado bien. ¡Cuánto trabajo tengo por delante! Necesito darle un giro de 180o a mis acciones…

No son pocas las ocasiones en las que, después de llevar a cabo un proceso formativo, nos encontramos con personas que pronuncian estas palabras, en un proceso cuasi automático de desvalorización de su experiencia y conocimientos previos. Y nuestra respuesta es automática…¿y qué es, si no, tu background lo que te ha traído hasta el punto personal y profesional en el que te encuentras hoy?

Lo cierto es que el revoloteo del síndrome del impostor, no facilita que las personas aterricen en la visión tan meridianamente clara que nosotros tenemos sobre ellas desde nuestra perspectiva objetiva. Y es que, cuando nadas en un mar de subjetividad, es imposible “verte” y “reconocerte”, porque en toda valoración existe un sesgo cognitivo y emocional, es decir, un prisma a través del cuál evaluamos lo que conseguimos. Esto significa que unas personas se valoran por encima y otras por debajo de los datos objetivos, de los datos reales. Por ejemplo, las personas que infravaloran sus logros académicos, tienden a valorar por encima de ella los logros obtenidos por su pareja o amigos, aunque éstos estén realmente por debajo.

¿De qué es importante darnos cuenta? Pues de que nuestros logros, aquellos que solemos desvalorizar con facilidad, son siempre fruto del trabajo duro realizado con anterioridad. A veces, los resultados llegan mucho más tarde, cuando ya no nos cuesta realizar esa tarea. Y, a veces, en el camino, nos percatamos, solos o con ayuda de alguien, de que podríamos hacer algo mejor. Lo que no sería correcto, es que, dándonos cuenta de ello, no hiciésemos nada por mejorar. Pero, si cuando nos damos cuenta de que podemos implementar mejoras, en lugar de felicitarnos por ello, haciendo valer nuestra trayectoria, nos dedicamos a fustigarnos como si no hubiese un mañana, puede entonces, que no estemos preparados para tal revelación.

¿Por qué no damos valor a lo que logramos cuando cuesta tan poco hacerlo? Para contestar a esta pregunta voy a referir un experimento que realizó un profesor de la Universidad de Ucla, allá por 2014. Consistió en realizar a 1000 personas la siguiente pregunta: “¿Quién es tu peor enemigo?”. La respuesta mayoritaria fue “Yo mismo”.

Al hilo de lo anterior otra anécdota. Se cuenta que un juez llegó a comentar una vez que, si los pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos de manera habitual saliesen a la luz, mereceríamos el castigo de prisión por el delito de maltrato. Es algo que siempre tengo muy presente, para desconectar mi piloto automático cuando estoy en modo “autofustigamiento”.

Y resulta que no importa que tengas una carrera profesional exitosa, que seas un crack en los estudios o en tu entorno se te alabe continuamente. Hasta un 70% de personas ha sentido en algún momento que no merece la posición que ocupa. Al contrario de lo que pueda parecer, el síndrome del impostor es más habitual entre personas profesionales de renombre y en entornos exitosos. Curioso, ¿no?

Un hábito sano entre las personas capaces de entender la vida como un reto, o como una aventura, es valorar y premiar sus propios logros. Celebrarlos por nimios que nos puedan parecer…¿por qué no?. En el otro lado, las personas que no tienen este hábito, suelen, generalmente, entender la vida como algo estanco, monótono o aburrido.

Dicho lo anterior, ¿por qué deberíamos valorar y celebrar nuestros logros? Pues porque, entre otras cuestiones, nos permite lograr las metas que nos hemos planteado, relacionarnos de manera más óptima y, por último, nos permite entrenar la capacidad de generar nuevos hábitos beneficiosos para nosotros.

Si ahondamos un poco más en esta cuestión e introducimos en la ecuación nuestra vida “en la red”, todo se complica un poco. Porque, lo anterior, puede convertirse en un trastorno grave si dejamos que la vida online nos martirice.

La aparición arrolladora de internet en nuestras vidas ha acentuado el síndrome del impostor, y las redes sociales, han desempeñado un papel importante en este incremento, ya que nos fuerzan a compararnos constantemente. Los datos demuestran que un ideal distorsionado de las vidas online es nocivo.

La mayoría de las personas usuarias de las plataformas, asocia la autoestima al tráfico social, al número de seguidores, de fans, de amigos…les preocupa saber quiénes son y qué pensarán de ellos. Todos pagamos un peaje, un coste emocional por mantener una identidad online, porque, las redes sociales, ese espacio en el que creamos un mosaico de éxitos para que los demás los vean, profundiza, no sólo en otros, sino en nosotros mismos, la sensación de ser un fraude.

Para los otros, la sensación de que nunca serán capaces de lograr lo que los demás sí, y para nosotros, el confrontar en el espejo nuestros éxitos publicitados con la vida real, en la que siguen siendo éxitos, pero los solemos mirar desde una óptica que los empequeñece. El uso de las redes sociales y la tarea de autopromoción que conllevan, están encasillando nuestras vidas en una narrativa única e idealizada.

Parece irónico que hacer una marca de uno mismo, se asocie hoy en día con la autenticidad cuando, en realidad, para ser auténticos, debemos ser lo suficientemente libres como para deja salir los diversos yoes que todos llevamos dentro. Es decir, para ser auténticos, debemos salirnos del molde, de la marca.

¿No sería interesante mostrar nuestro lado más imperfecto, inconsistente, travieso, tonto o incluso poco brillante? La respuesta, a tenor del mundo en el que vivimos, es que, como poco, podría ser contraproducente, ya que esto podría dañar nuestra imagen pública inmaculada.

Sea en la vida real o virtual, es importante darnos cuenta que, por encima de lo que puedan pensar o valorar los demás, solo cada uno de nosotros es capaz de saber realmente las batallas que hemos tenido que librar, los tropiezos que hemos sufrido, las veces que nos hemos levantado, los aprendizajes obtenidos y el esfuerzo realizado. Cada uno vive su experiencia y por esto es importante celebrar cada uno de nuestros logros, pues solo nosotros podemos alcanzar a entender con rotundidad lo que necesitamos para lograrlo.

Y no esperes a que lo hagan los demás, valora tu logro por pequeño que sea, ya que cada paso, nos acerca más al aprendizaje y al crecimiento. Merecemos cada muestra de valor, premio y celebración de la manera que más nos llene, con o sin promoción, pero sabiendo que es real, que es nuestro, que lo hemos logrado nosotros. Y no puede haber mayor muestra de autoestima sana y de amor hacia uno mismo, aceptándonos y respetándonos. Como pronunció Mark Twain “La soledad es no sentirse cómodo contigo mismo”.

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