miércoles, noviembre 30, 2022

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Una nube verde y sostenible

Nos dirigimos a un mundo cada vez más digitalizado, más tecnológico, más conectado… pero, ¿más sostenible? El dilema entre progreso y sostenibilidad no es nuevo; de hecho, si por un momento volvemos la mirada hacia el pasado encontraremos multitud de ejemplos en la historia donde la mano del hombre, movido unas veces por la necesidad y otras por la ambición, ha ido dejando su huella indeleble a lo largo de la superficie de todo el planeta.

Desde la intervención en el territorio para modificar el cauce de un río y favorecer los cultivos en los tiempos en los que el hombre pasó de ser nómada a sedentario, hasta las enormes chimeneas de las fábricas que fueron el icono de la revolución industrial en la segunda mitad del siglo XVIII, han pasado muchísimos años. Este tipo de actuaciones, con un claro impacto medioambiental, siempre han estado impulsadas por la bandera del progreso y el desarrollo económico.

Internet llegó de la mano del nuevo milenio. Una tecnología transformadora que prometía cambiar el orden de las cosas y que acabó poniéndolo todo patas arriba. Hoy nos resulta casi imposible imaginar nuestro día a día sin estar conectados y eso se ha traducido en un cambio radical en nuestra forma de vida que tiene un reflejo directo en el modelo económico. Nos movemos en una economía cada vez más digitalizada que demanda un uso intensivo del cloud.

La nube, al igual que sucediera con las chimeneas de las fábricas, se ha convertido en el icono del cambio y del desarrollo digital de la sociedad. Hasta ahora el ser humano se ha especializado en dejar su huella en el planeta cada vez que ha decidido “mejorar su calidad de vida”. ¿Habremos aprendido de nuestros errores y esta vez el salto tecnológico se hará sin dejar las cicatrices del progreso?

Lo cierto es que los primeros pasos de la digitalización, a finales del siglo XX, dejaron mucha basura tecnológica por el camino. No hay más que pensar cómo eran los enormes monitores que usábamos hasta hace apenas unos años o el espacio que ocupaban los servidores en las compañías; por no hablar de los cuartos que habían en todas empresas donde se apilaba la chatarra tecnológica que quedaba obsoleta con la esperanza de que, en algún momento, pudiera ser de utilidad, cosa que nunca pasó.

Pero ahora tenemos la oportunidad de hacerlo bien y no repetir errores del pasado. En el mundo del cloud se dan una serie de condiciones que lo hacen, potencialmente, menos invasivo y más respetuoso con el medio ambiente que otras tecnologías predecesoras. Sin ánimo de hacer una apología a ultranza de la digitalización, tratemos de identificar algunos parámetros que nos ayuden a pensar que estamos ante una hipótesis que puede llegar a ser cierta: la nube es verde y sostenible.

Cuando una empresa decide subir su infraestructura al cloud está compartiendo recursos con otras que tienen las mismas necesidades. Y es ahí donde encontramos el primer punto a favor de la nube: COMPARTIR. Siempre será mejor compartir un recurso con otras empresas que puedan tener demandas similares a la nuestra, en lugar de comprar equipos que normalmente están sobredimensionados o infrautilizados y que terminan fuera de servicio por la inevitable obsolescencia programada.

Por otro lado, estos Data Centers que alojan las enormes granjas de servidores están diseñados para ser mucho más eficientes en materia energética que cualquier empresa no especializada y es que, esa mayor eficiencia energética se traduce en costes que se reflejan directamente en la cuenta de resultados. Esta segunda clave nos recuerda aquello de: zapatero a tus zapatos. Es decir, conviene EXTERNALIZAR la gestión de los recursos tecnológicos en aquellos que lo harán mucho mejor que nosotros.

Por último, cabe señalar otro aspecto importante del cloud que nos permite reducir el impacto de nuestra actividad en materia ecológica y minimizar la huella de carbono, y es la capacidad que tiene la nube para alargar la vida de los equipos. En este sentido la VIRTUALIZACIÓN juega un papel fundamental en este mundo digital porque nos permite, sobre el mismo equipo físico, poder desplegar nuevas funcionalidades que salen directamente de la nube.

Un ejemplo que nos puede ayudar a ilustrar esta tecnología lo encontramos en los escritorios virtuales. No importa que nuestro ordenador se haya quedado obsoleto siempre y cuando el que ejecutamos en el cloud esté actualizado, y recordemos que ese equipo que reside en la nube es un recurso compartido y energéticamente eficiente. La virtualización nos permite usar menos dispositivos para acceder a múltiples y nuevos servicios.

Y si a todas estas bondades que nos aporta el cloud le añadimos un poco de sensatez y buen criterio, estaremos ante una oportunidad única para hacer las cosas bien y minimizar el impacto del progreso que, no nos engañemos, siempre existirá. El buen criterio implica, entre otras cosas, no caer en el Síndrome de Diógenes Digital y llenar la nube de datos e información inútil que siempre tiene un coste, genera residuos y compromete la sostenibilidad de la solución. Algo habrá que hacer en este sentido porque el grado de creación de contenidos digitales crece día a día, y el almacenamiento en el cloud es limitado y siempre pasa una factura que de una forma u otra acabaremos pagando.

Así que, a priori, tenemos todo lo que necesitamos para conseguir que la transformación digital de la sociedad sea respetuosa con el medio ambiente. Este mensaje que nos llega insistentemente desde Europa, ha sido asumido por los gobiernos nacionales y locales y parece que, por una vez, todos estamos de acuerdo en algo: tenemos que lograr un desarrollo sostenible, verde y digital.

Pero la nube no será verde si entre todos no lo hacemos posible y eso pasa por tomar las decisiones correctas y cambiar los viejos paradigmas que nos han acompañado hasta ahora y nos siguen anclando al pasado. COMPARTIR, EXTERNALIZAR y VIRTUALIZAR pintarán el cloud de verde. Seguro que las generaciones futuras lo agradecerán.

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