miércoles, febrero 8, 2023
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¿Y las mujeres para cuándo?

Recientemente, participé en la III Cumbre de FEDEPE (Federación de Mujeres Directivas y Empresarias que desde 1987 se organizan para impulsar el liderazgo femenino) como experta en una mesa denominada La incógnita: Hacia un universo digital. Desafíos formativos para las mujeres en la sociedad actual.

Para contextualizar la pregunta que debía responder, la moderadora hizo referencia a que, en los últimos tiempos se vienen denunciando conductas de violencia de género en el ámbito digital, o prácticas que perpetúan los estereotipos y roles tradicionales de la mujer, para preguntarme…”¿Cómo convertir la digitalización y la tecnología en una herramienta al servicio de la igualdad?”

Inicié mi respuesta aseverando que la tecnología no es ni buena ni mala. Lo que es bueno o malo, es el uso que de ella se haga. Y precisamente, ésta es la primera de las 6 leyes sobre la tecnología que, hace 30 años, formuló Melvin Kranzberg, las cuáles, siguen absolutamente vigentes a día de hoy, siendo además capaz de, predecir con bastante precisión lo que está ocurriendo ahora en la era de Face- book, Google y el iPhone.

Exactamente, esta ley reza que “La tecnología no es buena ni mala, sino neutral. Necesita de decisiones políticas y depende del uso que hagan de ella los seres humanos”. La primera ley del profesor Kranzberg parece una obviedad, pero es la más importante.

En este sentido y ligándolo a la referencia sobre la violencia de género en el ámbito digital, está claro que esto es producto de un mal uso de la tecnología. De hecho, la sexta de las leyes del profesor Kranzberg indica que “la tecnología es una actividad muy humana” ya que, a pesar de su poder, el uso que hacemos de ella depende enteramente de los seres humanos.

La expresión violencias de género, abarcan múltiples prácticas, desde el ciberacoso, sextorsión, grooming, usurpación de identidad, usurpación de claves o sexpreading, son algunos de los delitos cada vez más comunes. Se trata de una forma más de violencia y discriminación contra las mujeres, constituyendo una violación de los derechos humanos.

En el entorno digital en el que nos encontramos, preocupa especialmente la vulnerabilidad de muchas mujeres debido a las brechas digitales y al desconocimiento avanzado del funcionamiento y prácticas como las aplicaciones de seguimiento o control de dispositivo. También preocupa la edad cada vez más joven de las víctimas, debido al uso masivo de estas tecnologías entre menores y adolescentes.

¿Qué se puede hacer al respecto? Soy de la opinión de que una parte importantísima de la solución pasa por contar con una legislación que proteja a las víctimas de estas prácticas indeseables. En este punto, es oportuno hacer referencia a que, la polémica “ley del sí es sí”, modifica el artículo 172 ter del código penal para “dar respuesta especialmente a las violencias sexuales cometidas en el ámbito digital”, como sería el caso, por ejemplo, de quien “crea un perfil falso en una web de citas con la imagen de otra persona para humillarla”. Por otro lado, la educación, formación continua y la información, son absolutamente vitales para detectar, de manera preventiva, situaciones especialmente peligrosas y que ayudan, sin duda, a reducir las probabilidades de llegar a ser víctima de acoso en línea.

De manera individual, tener precaución al compartir información personal en internet, no responder a provocaciones de un posible acosador o recabar toda información que puedan ser prueba de ciberacoso, son prácticas que no deberíamos dejar de tener en cuenta. En otro orden de cosas y, en relación a las prácticas que perpetúan los estereotipos y roles tradicionales de la mujer en esta era digital, es inevitable hacer referencia, de nuevo, las tres brechas digitales de género, entendidas éstas como la diferencia entre hombres y mujeres en:

•El acceso y la adopción de tecnología
• En los usos diferenciados que hacemos de ellas
• En la creación de innovación tecnológica

Lo cierto es que la transformación digital es un tema de sujetos, no de objetos. No se trata de analizar la evolución de la tecnología y los nuevos dispositivos y sistemas que salen al mercado. Lo verdaderamente importante al abordar cualquier transformación tecnológica es hacerlo desde la perspectiva humanística, esto es, desde cómo nos afecta a las personas que habitamos las sociedades; desde como utilizamos e integramos la tecnología en nuestro día a día, hasta como la creamos y diseñamos. En este sentido, las brechas digitales, aunque parecen tecnológicas, son sociales.

¿Qué innovaciones tecnológicas van a afectar de manera más rotunda a nuestras vidas y a los empleos del futuro? Sin duda, la Inteligencia Artificial (IA) y la Robótica. Estudios recientes de la UNESCO, señalan cómo, a pesar de las medidas que se han venido desplegando para superar la escasa diversidad en los entornos ligados a la inteligencia artificial, los sesgos en el diseño y creación de tecnologías replican y son un reflejo de los sesgos de género existentes en nuestras sociedades.

Las situaciones de exclusión que se producen en este ámbito, determinan que muchas mujeres, así como integrantes de colectivos desfavorecidos abandonen o eviten trabajar en inteligencia artificial. En este sentido, los sesgos de género y de otro tipo hacen necesario poner en cuestión la calidad de los datos que se toman como referencia para el entrenamiento de los algoritmos y otras herramientas de inteligencia artificial.

En el caso de la IA, la brecha se produce cuando, durante el Aprendizaje Automático, no hay suficientes datos de mujeres; es ahí cuando se crean los agujeros del conocimiento en la IA. Cabe señalar que el Aprendizaje Automático está dirigido por humanos que, consciente o inconscientemente, agregan su propio sesgo al sistema de IA.

Y pudiendo ser una aliada importante, para mejorar nuestras vidas y evolucionar, sin embargo, eliminar el sesgo no depende de una máquina por más intuitiva o inteligente que sea, depende de las personas acabar con los prejuicios y dar paso a la evolución tecnológica sin sesgo. Si quienes enseñan a las computadoras a actuar como humanos son (mayoritariamente) hombres, hay una gran posibilidad de que los productos resultantes tengan un sesgo de género.

Dada la situación expuesta, resulta vital que la IA, la ciencia de datos y todas las tecnologías de la cuarta revolución industrial, cuenten con la participación de mujeres para construir la respuesta a los grandes retos de la humanidad. No pueden ser éstos, asuntos exclusivos de científicos y tecnólogos varones, sino que necesariamente han de contar con la contribución de las mujeres, incorporar su visión de los problemas y tener en cuenta sus intereses.

Y, por cierto, no sólo necesitamos más mujeres informáticas e ingenieras, también es preciso tomar consciencia, de manera general, de que las habilidades digitales son esenciales hoy día para vivir y trabajar, comunicarse, recibir información y formación, participar en la vida ciudadana y política y, todo ello, está especialmente relacionado con las oportunidades de empleo para las mujeres.

No son las mujeres las que tienen que cambiar, se trata de un cambio cultural. Las brechas digitales de género están siempre en proceso de ampliación y reducción, porque son tan complejas como las propias tecnologías digitales y son transversales, en tanto que se alimentan de otras económicas, sociales y culturales.

La transición hacia un nuevo escenario más favorable a la equidad de género en el actual contexto digital y tecnológico, no es sencilla, pero tampoco es imposible de lograr. Hay una frase que me resulta muy inspiradora que dice que “la acción no debe ser una reacción, sino una creación” y soy de la opinión de que, crear un futuro más igualitario es cuestión de desconectar el piloto automático, ser más conscientes y pasar a la acción en cada oportunidad que tengamos sin que medie excusa alguna. Ésta, debe ser una misión de todos y de todas para asegurar hoy, el mejor de los futuros, a las generaciones venideras.

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